Marisol García
Un paisaje ancho, que perdía la vista en el encuentro entre desierto y mar, ocupa los recuerdos de infancia de Claudio Araya, en Antofagasta. Ese descampado atacameño, único en el mundo, moldea también la explicación de sus inicios en la música. En la población en las faldas del cerro El Ancla en la que creció sus vecinos bolivianos le enseñaron a rasguear cuerdas, a su modo y con su ritmo. Era todavía un preadolescente, y a la vez avanzaba en él el gusto por el rock clásico venido de moldes blueseros y progresivos.
Su entorno era el de una familia extendida de siete hermanos, padre viajero, y un andar dificultado por la pobreza y avivado por el relato pampino de tíos suyos en el salitre. Compuso una primera canción a los 12 años, y supo que iniciaba con ella un camino inescapable en la música:
«Es como que se te prende de pronto una ampolleta, pang, y te vas para adelante, nomás. Pero con miedo. Porque no tienes idea lo que viene por delante», recordó en entrevista con MusicaPopular.cl.
Supo también rápidamente que ese camino creativo tenía que forjarlo en Santiago. Viajó a la capital primero en 1975 para grabar con el quenista Fernando Sepúlveda en un estudio pagado por el sello IRT-Alba. Fue su primer crédito en un disco. Tres años después, habiendo ya tocado junto a grupos nortinos como Sacha, Tambo, y Tambo Atacameño, decidió quedarse en la capital junto a Huara.
Huara fue el vehículo en el que Claudio Araya consolidó una opción radical para su vida adulta, y donde aplicó al fin su convicción en torno a que las raíces del folclor andino podían combinarse con referentes urbanos, y ofrecer un peculiar ejercicio de ritmo, experimento, contemplación y rigor. Fue una banda que, sin promoción ni grandes ventas, dejó una marca de influencia en su generación, con seis discos (uno de ellos grabado en París, en 1990, junto a músicos de Los Jaivas) y varias presentaciones por Chile y el extranjero (incluyendo una gira de seis meses por Canadá, Estados Unidos y México en 1987).
El conjunto instaló a Araya como una referencia de innovación en torno a la música de referencias andinas, y así comenzó a ser convocado por bandas y solistas que confiaron en él nuevos colores y rumbos de exploración sonora. De entre todas esas colaboraciones la más relevante en el cambio de siglo fue la de los cuatro años que trabajó junto a Congreso (con ellos grabó el álbum La loca sin zapatos, de 2001, además de realizar varias giras).
«Los instrumentos están para usarlos, y en eso me ocupo: en explorar con ellos. En irme a lo más profundo —definía el antofagastino sobre su técnica y estilo—. Yo digo que el folclor es dinámico. Soy riguroso con lo que sé de las raíces; en algunas cosas, sí soy muy tradicionalista. Pero, por otro lado, no estoy para quedarme pegado. Entonces tengo una gran pelea entre el folclor y lo que me nace a mí. En torno a lo que yo hago casi siempre hay otra música rondando».
Comparsa Huara (2007) fue el primero de los dos discos solistas de Pájaro Araya, autor de los dieciséis temas incluidos y con créditos en cuerdas, percusiones, moceño y canto. Producido por Mario Rojas y con la participación de músicos como Raúl Aliaga y la banda Wiracocha, el disco instaló el paisaje del Norte Grande a través de un sonido expansivo y profundo; también misterioso.
Desde esa publicación, fue su alianza con Aldo Macha Asenjo su principal cauce de trabajo, en vivo y en estudio: estuvieron juntos en grabaciones de LaFloripondio (como el disco Gimnasia para momias, 2015, y el Víctor Jara, Tributo Rock, con su versión para “Ingá”) y de Chico Trujillo (Reina de todas las fiestas, 2014), en conciertos de Chico Trujillo y Bloque Depresivo en Chile y el extranjero (incluyendo varias giras europeas) y además trabajaron juntos en composición y en vivo para uno de los proyectos menos difundidos con el villalemanino en voz, Cabezas Rojas. Fue un grupo de experimentación en ritmos que Araya definió como «música del mundo», y que tuvo signos concretos de avance en el segundo semestre de 2019, con su primer disco, Cabezas Rojas.
Claudio Araya murió el 12 de mayo de 2024. Un tiempo antes había mostrado su disco Danza (2021), un trabajo en extremo personal, de ambientes y pulsos que confunden al oído entre referencias folclóricas y electrónicas, autoría e improvisación. Al momento de su despedida aparecieron en prensa elogios que el música nunca llegó a escuchar en vida. «Nadie se cansa de volar, amigo Pájaro, todos seguimos volando en otra parte. […] te guardaremos bajo siete llaves en la memoria y en el corazón. Querido pájaro sale a volar tus melodías y repara esta guitarra rota para que sigas cantando», fue parte de la despedida pública de sus amigos en Congreso. Y así habló entonces la banda Chico Trujillo: «Hasta siempre, Pajarito. Lo pasamos bien, cantamos mucho e hicimos el reina de todas las fiestas inspirados en ese norte que eras tú, la tristeza que tenemos será motor para hacer nuevas canciones y música para bailar como tanto te gustaba».